Mi lectura diaria de periódicos comienza, más o menos, en 1986. En los últimos 20 años habré dejado de comprar, descontando viajes, no más de 50 ejemplares de La Voz de Galicia. Todas las semanas compro dos o tres periódicos más.
¿Qué hecho de menos? Profundidad. Que todos los entrecomillados de los gestores públicos tengan su comprobación. Más leña al mentiroso. Menos notas de prensa sin comprobar ni evaluar. Más interés por las personas con nombre y apellidos, sobre todo si no son poderosas. Menos sucesos. Más denuncias. Mucho menos colorín. Más ciencia. Menos charlatanes. Muchas más informaciones prácticas.
Un ex alto cargo de la Xunta de Fraga me dijo el otro día que casi todos los periodistas eran personas que escribían mucho sobre cosas de las que no sabían nada. Otro amigo, que compartía café, añadió "y que ni siquiera preguntan". Eso dolió.
¿Qué más quiero? Más voces y opiniones distintas, pero, al mismo tiempo, más implicación de la línea editorial en mejorar la comunidad/país/mundo.
Mario Muchnik en Tiempo Real, su columna en Público
Con los periódicos de los años 60 podíamos no sólo estar al tanto de la política mundial, sino asistir a debates apasionados, nunca sin fundamento, sobre los temas que más nos preocupaban, no ya políticos sino también científicos, culturales, sociales. Cada medio tenía su servicio de documentación, nunca publicaría deliberadas falsedades. Algunos medios sentaban cátedra, por su intachable ortografía, pero también por la correcta construcción de las frases y la estructuración inteligente de las colaboraciones. La concordancia de los titulares con los textos que encabezaban era imperativa, los pies de foto pasaban varios filtros para evitar contradicciones y se intentaba que la publicidad no interfiriera con el material editorial. Se evitaban las frases hechas. Nunca una explosión “hizo saltar todo por los aires”, ninguna inundación “se llevó todo por delante” ni “arrastró todo lo que encontró a su paso”, la lluvia nunca “hizo acto de presencia”, ningún ingreso en un hospital era “con carácter de urgencia”, nada tenía “carácter confidencial” –era confidencial y basta–.
Las cosas no quedaban “calcinadas” sino quemadas o carbonizadas, los equipos no “entrenaban”, sino que se entrenaban, las bombas no “explosionaban” sino que explotaban; los superlativos holgaban y un coche destruido no estaba más destruido porque se dijera “destrozado”. A ningún periodista se le iban a ocurrir preguntas como:“¿Qué se siente cuando se recibe este premio?” o “¿Cómo vivió usted la noticia de la muerte de su hermano?”. Lo obvio no era noticia. Tampoco lo eran las conjeturas. Nunca un huracán “habría podido dejar” decenas de muertos. Los había dejado, o no era noticia. Salvo en algunos pasquines sensacionalistas, ni los sucesos ni las catástrofes, naturales o artificiales, merecían mucha atención por parte de las redacciones, a menos de ser salvajadas extremas o algo afín a las hecatombes. En buena medida los periódicos reflejaban la variedad del mundo, y todos los esfuerzos iban dirigidos a singularizarse en los quioscos. Los titulares de las primeras páginas diferían no sólo por su estilo, sino por su tema y sus valores tipográficos.
Una sana disciplina, entre pragmática y moral, confería a los medios un singular matiz didáctico que se expresaba en el valor relativo de las noticias, tanto por el lugar y el espacio que ocupaban como por su tratamiento gráfico y tipográfico. La prensa de entonces era imprescindible. Lo que no se comprende es qué está pasando con el periodismo hoy.
Estoy totalmente de acuerdo contigo.
ResponderEliminarSomos máquinas de transcribir ideas y opiniones de otros.
¿También en La Voz? jeje
ResponderEliminarLa Voz es un grupo de gente bastante plural, muy parecido a la población de Galicia. Las críticas que hago son generales, a todos los medios, pero La Voz es uno de los mejores periódicos que conozco.
ResponderEliminarLo de no preguntar, lo de las ruedas de prensa sin preguntas, las notas de prensa, los vídeos... son modos de comportarse que la profesión esta dejando que se aposenten, y que en un futuro hará que los medios vayan perdiendo importancia o utilidad para los ciudadanos. Debemos ir hacia el análisis, el inconformismo. También hacia una mayor formación por nuestra parte para que no nos lleven al huerto.
Se ha hablado muchas veces,se sigue hablando, y seguro que se seguirá hablando de la Telebasura.
ResponderEliminarPero en mi humilde opinión, hoy en día el llamado cuarto poder, ha permitido que se introduzca en su organización lo que yo llamo el periodismo basura.
Yo también fui hace años un lector asiduo de la prensa escrita, pero hoy en día no, y es que estoy decepcionado con la politización de los medios de comunicación, algunos lamento decirlo me dan asco, mayoritariamente no existe imparcialidad, ni autocrítica, yo primero como ciudadano quiero que se me diga la verdad con argumentos de peso y contrastados, como afín a una ideología política, muy autocritico (por naturaleza), y crítico cuando creo que se cometen errores, reconozco que sólo me atraen los que en cierto modo son los considerados afines a mis ideales, y aún así considero que a veces falta crítica e imparcialidad, y desde luego que ésto no es pluralismo, pero por desgracia tanto en éste como en otros organismos u organizaciones los códigos deontológicos han pasado a mejor vida o brillan por su ausencia.
Pero así son las cosas, y alguien tuvo razón al decir "es el fin de la utopía".